La última bala de un Registrador de la Propiedad

Esta es sólo algo de la historia de mi vida. De una forma de vivir. Y de una muerte. Sólo cuando comprendemos lo que tenemos… lo perdemos.

Pido disculpas por adelantado por este post. Todos mis seguidores ya saben perfectamente que este blog es jurídico, y trata del Registro de la Propiedad y temas ceñidos a dicha institución.

Sin embargo hoy quiero hacer una excepción. Quiero hacer una despedida. La que no pude hacer. La que no supe hacer. Muestra de amor y lealtad, honor y cariño. A un Registrador de la Propiedad. A una persona con mayúsculas.

¿Esto es posible por parte de un empleado? Júzguenlo.

De nuevo pido disculpas a todos. Llega la Navidad y son tiempos de añoranzas. Y esta… es la mía.

Recuerdos

Hace ya más de dos años que su corazón se paró haciendo temblar al de los que le apreciábamos. Hace ya más de dos años que la muerte le alcanzó, tan deprisa que no pudo correr ni esconderse. Y hace un año que cada día le tengo, aunque sea por un minuto, en mi memoria.

Supongo que la mayoría de quienes lean estas palabras se estarán preguntando ¿quién es este personaje que se acuerda de un Registrador de la Propiedad después de su muerte?

La respuesta me la enseñó usted con la crueldad, velocidad y voracidad de su enfermedad, su cáncer. Se lo comió. Maldito mal que nos acecha

Nadie, no somos nada, somos aire, somos efímeros.

Somos polvo en el viento como bien sabe el señor Llopís y comparto su saber.

Puede parecer extraño que un empleado de un registro tenga sentimientos de cariño y amistad por su registrador. Ojalá tuviéramos todos el corazón un poco más abierto para compartir la vida, aunque sea la laboral, con los demás.

Este Registrador de la Propiedad lo hizo conmigo y me enorgullezco de reconocer que yo con él.

A nuestra manera. A nuestra forma. Maneras y formas que a nadie, aparte de a mí, interesan ya y guardo en el lugar correcto. Con sus virtudes y defectos. Con nuestras peleas. Con sus oscuras peticiones y mi difícil aprendizaje.

Fue mi Registrador, y, aunque hoy no se estile decirlo, me siento afortunado de haber compartido doce años de mi vida profesional y personal como empleado con él. Y desde estas palabras humildemente a él me dirijo.

Sirva este artículo como Carta de despedida… la despedida que no pude o no supe ofrecerle:

La historia

Todo comenzó en mayo del año 2.001.

Por aquel entonces yo estaba acabando mi carrera de Empresariales. Me restaban por aprobar únicamente dos asignaturas, así que decidí empezar a buscar un empleo para sacar partido de mí, abundante y añorado, tiempo libre.

Un profesor de Auditoría de Cuentas, (para mí maestro, más que profesor) me ofreció realizar unas prácticas en su despacho profesional, lo que yo acepté emocionado como un nuevo reto, pues llevaba ya dos años compaginando el estudio con las clases particulares (incluido a su hijo) y en distintas academias.

Entonces apareció usted, casi de la nada, ofreciéndome sustituir a una empleada suya que tuvo la osadía de casarse (no te enfades compañera… y deja de romper móviles) y coger el correspondiente permiso por matrimonio.

Hacía escasos meses que usted había recalado en el Registro donde yo sirvo, su Registro con Mayúsculas (tampoco se me enfaden el resto de compañeros de los distintos registros por los que pasó… es así y así fue), al que inmediatamente se puso a organizar.

Aun recuerdo su llamada ofreciéndome el trabajo, y aun recuerdo mi contestación, muestra de mi inteligencia y viveza: NO GRACIAS, acabo de aceptar unas prácticas no remuneradas en una Auditoría de Cuentas.

Supongo que pensó de mi cualquier cosa… yo lo haría.

Sin embargo mi mentado profesor, al enterarse de mi lúcida contestación a su generosa oferta de trabajo me dijo lo que evidentemente era conveniente: Ostinus… llama inmediatamente y acepta esa oferta de trabajo, que vas a aprender muchísimo más que conmigo y las prácticas.

Así que le llamé, deprisa y corriendo, tan corriendo que lo hice desde un teléfono público (ya no sé ni si existen) de la universidad, y acepté la oferta.

¿Qué sabía yo de lo que era un Registro de la Propiedad?

Pues mucho, muchísimo. Se lo explicaré: ¿Recuerda que hubo un tiempo en que daba clases particulares a su hijo?

Por aquél entonces yo pensaba que los padres de si hijo estaban separados, pues sólo veía en su casa a su mujer y nunca a usted. Ni siquiera le conocía.

Así que un día se me ocurrió preguntarle a su hijo a que se dedicaba su padre.

Levantó la mirada y muy orgulloso me dijo: Mi padre es REGISTRADOR DE LA PROPIEDAD.

A lo que yo le dije: Ah… es de los que van a las casas de la gente a tasar los pisos.

Y su hijo me contestó muy serio: No. La gente VA AL DESPACHO de mi padre, PARA QUE SE LOS TASE.

Bendita ignorancia.

Y así en junio de dos mil uno me plante en el Registro de la Propiedad de su digno cargo para comenzar a trabajar para usted.

El Registro

Desde el primer día me enamoré de mi trabajo. Comencé por algo “suave”. Vd dijo: Ostinus.. a hacer hipotecas. Y hasta hoy. Aprendiendo de vd.

Me hizo llorar… muchas veces. Sufrí. Pero crecí. Maduré y aprendí.

No existe ningún registrador, ni siquiera uno, que reconozca sus errores. Aún recuerdo el día en que se empeñó en instalar la firma digital en el programa de gestión del Registro.

Yo le avisaba.. Una vez instalado NO SE PUEDE volver atrás. Y aún es un sistema muy precario, muy nuevo. Nos va a dar muchos problemas.

Ese día me echó de su despacho con la orden tajante de instalar por la tarde la firma digital.

Al volver por la tarde me encontré un papel en mi mesa, escrito de su puño y letra: Ostinus.. no instalamos la firma de momento. Nunca la instaló

No sé con quién hablaría ni quién fue el que le hizo entrar en razón.

Me alegré, y entre vd y yo nada cambió. Al día siguiente llegó a la Oficina nos dimos los buenos días y a seguir.

Ambos somos castellanos. Ambos sabemos que los sentimientos se llevan y no se muestran. Ambos creemos en eso y así actuábamos. Las palabras sobran.

Sabía que podía contar conmigo para todo. Y así fuimos tejiendo una relación de amistan a nuestra manera. Sin emociones falsamente demostradas pero sabiendo que podíamos contar el uno con el otro.

Un día vino al Registro una señora pidiendo información del Registro. Se la denegó por motivos que no vienen al caso. La señora nos amenazó con quemar el Registro con un bidón de gasolina. La echó.

Al día siguiente nos encontramos un recurso contra la negativa a expedir publicidad. Esos días estuvo preocupado. Y un día por la mañana, escabullendo mis labores hipotecarias me dediqué a buscar resoluciones. Encontré una que le defendía. Se la imprimí y la dejé en su mesa con un postit. Alegó dicha resolución y ganó.

La mañana siguiente entró en la oficina, me miró y sonrió. Jamás me dijo nada. Pero no hacía falta.

La enfermedad

Y así pasaron los años y llegó un día curioso. Me llamó a su despacho y me dijo que había aceptado un cargo importante en Madrid. Que iba a nombrar a un registrador accidental y que, en su ausencia iba a nombrarme encargado de la oficina.

Y así lo hizo.

Hoy en día comprendo por qué no quería darme ese cargo antes. Por qué tardó tanto una vez jubilados todos los antiguos oficiales. Y tenía razón. Ahora lo entiendo.

Si volviera para atrás no sé si lo aceptaría, y caso de hacerlo obraría de forma muy distinta. Pero también aprendí. Era muy joven.

Pasó un poco de tiempo y me hacía a la situación. Despachaba con vd los lunes a las 9 de la mañana cuando le acompañaba a la estación a coger el AVE.

Hasta aquél terrible día. Aquél jodido día.

Me llamó a su despacho de nuevo y me dijo: Ostinus siéntate (nunca me trató de vd).

Jamás me había pedido que me sentara.

Y ese día me dijo que le habían detectado un cáncer. Y que le habían dado 5 meses de vida. El cabrón del médico no se equivocó. Yo le dije que tenía que luchar. Que seguro que había alguna salida.

Y luchó.

Terribles meses de quimioterapia salvaje. Perdió el pelo. Venía alguna tarde al Registro cuando ya estaba cerrado. Yo le ponía la calefacción para que no cogiera frio y le avisaba cuando alguien estaba acatarrado para que no coincidiera y pudiera resfriarse.

Y me quedaba con vd en el despacho esas tardes. Y me enfadaba con vd cuando fumaba.

Pero fueron pocas tardes.

Enseguida vino la salvaje operación. El día que marchaba a operarse me llamó al despacho y me dijo: Ostinus, espero que nos veamos.

No mostramos nuestros sentimientos ya lo sabe. Sólo nos miramos. Y yo le di un puñetazo suave en el hombro. Que ridiculez. No se me ocurrió nada distinto.

Se operó. Luego, la tenue esperanza de éxito. Y después la confirmación de que no había nada que hacer.

La muerte

Le trajeron a su ciudad a morir. Y aquí murió. Le dije a su mujer que le contara de mi parte que echaba de menos sus broncas. Me dijo que sonrió cuando se lo comentaron.

La última vez que hablé con vd por teléfono le pregunté: ¿Cómo está? Me respondió: Estoy.

Y así acabó todo. Un triste día donde al dejar de respirar, desarbolado dije en la oficina: Ha muerto. Haced lo que queráis.

Sé que nadie me entendió.

Muchos fueron a su funeral. Yo no.

Me quedé en el Registro. Sé que era lo que hubiera querido. El Registro no podía cerrar.

Lloré sólo en la oficina. Y lo hice por vd.

Vd con su grandilocuencia, con su sabiduría, con su conocimiento y mala leche; ha hecho más por mí que nadie. Hoy Ostinus no se comprendería sin vd. A pesar de nuestros caracteres. Con vd aprendí muchas cosas, pero la principal, me la enseñó con su muerte.

Quizás fuera por su mala leche pero, ¿sabe que el psicólogo al que acudió para prepararse para morir nos dijo que jamás había conocido a alguien que afrontara la muerte como vd?

Meses más tarde tuve recoger su despacho, entre lágrimas. Lo hice casi todo yo sólo. Entregándo sus cosas a sus hijos, que no paraban de mostrarme cariño. Algo bueno hablaría de mí… a mis espaldas.

Y cuando ya estaba vacío, listo para ser ocupado por el siguiente registrador, al mover su mesa escuche un ruido de algo que rodaba.

Estuve 2 días buscando por los cajones y no encontraba nada pero, al mover su escritorio algo, una canica o algo, rodaba por el mismo haciendo el clásico ruido de rodaje.

Al final, desmontando la bandeja portabolígrafos lo encontré. Era una bala.

La última bala de un gran Registrador de la Propiedad. Hoy en día esa bala está en mi escritorio. Y pobre de aquél que la toque.

Donde quiera que esté espéreme. Por favor. No puedo decir más.

Siento mucho el post.

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12 comentarios

  1. Hoy no hay dudas: maravillosa elegía. Gracias.

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    1. Muchísimas gracias

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  2. Ignacio López Giménez · · Responder

    Ostinus, soy un amigo del registrador. Me ha emocionado su relato , del que se trasluce que era buen amigo , me permito añadir que amaba y disfrutaba de la vida y que era buena persona y comprometido con sus cercanos, gracias por su escrito, yo también le echo de menos

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    1. Muchísimas gracias. Dejó un gran hueco.
      Un abrazo

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  3. gracias Ostinus, no se si eres capaz de saber como me ha emocionado…

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    1. Cuanto me alegro…Lo que es … ES

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  4. LÓPEZ LERA ABOGADO · · Responder

    Chapeau

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    1. Gracias amigo

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  5. Enhorabuena, de verdad. Me ha emocionado. Este post dice muchísimo de Vd. en muchos aspectos, y todo bueno. Ha conseguido transmitir respeto, admiración, lealtad y amistad sincera. Gracias por compartir un post tan bonito. Nothin’ last forever but the earth and sky.

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    1. Muchísimas gracias. Poco de jurídico tiene pero…había q hacerlo

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  6. Estoy emocionado con el relato compañero, muchísimas gracias por compartirlo

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    1. Gracias a vd….😊

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